Dorada Valentía


El pez dorado con la bolsa de plástico que lo engendró ha caído,

La boca del mar se lo ha tragado enterito.

Pero la garganta marina es larga y la caída lenta.


El pez piensa:

“No hay más que hacer,

la chispa de mi espíritu se irá en esta bolsa.

7 platos aún me quedan, pero mi hambre no durará 7 días,

pues todavía tantos atardeceres no he pasado”


Manos de olas han desatado el nudo de la libertad.

El pez sereno, después de haber firmado los papeles de su destino, comprendió.

“¿Qué hago?, ¿qué hago?

¿Valdría la pena salir del fuego para encontrarme con el infierno?

No, más vale un pececito en aleta que cien mil nadando.

Me quedo aquí en donde hay olla y cama.

El máximo peligro aquí son las tripas gruñendo.

El máximo peligro afuera no es uno, sino varios.

El ser de 100 manos, preparado para expulsar de sus agujeros sus noches.

El de dientes de cuchillas, que convierte en polvo todo lo que atrapa.”


Mientras el pez piensa pasa un igual nadando.

“Hay más como yo,

mi alma siente miedo pero para sentir consuelo he de salir.

Valiente hay que ser y aventurarme a lo desconocido debo hacer.

El pez atravesó el túnel,

y un puntito del atardecer se vio en el azul infinito.

Nadando hacia su nuevo camino,

el pez dorado vivió más de lo que los 7 platos le hubieran permitido.


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